El gofio (harina de cereales tostados) es una de las herencias que Canarias conserva de sus antiguos pobladores.

La colonización de las Islas y el descubrimiento de América aportaron nuevos ingredientes enriqueciendo un producto que llegó hasta nuestros días convertido en la base alimenticia de los canarios.
 

Así hoy el gofio se puede hacer de cebada -como los aborígenes- trigo, millo (maíz), centeno o bien de una mezcla de ellos.

Irremediablemente unido a las comidas típicas, se consume preferentemente espolvoreado sobre leche, potajes o frutas, escaldado -mezcaldo con caldos-, amasados con agua o aceite y endulzado con frutos secos, miel o azúcar, y a toda hora del día.

Inseparable compañero del pueblo canario, ha viajado con él en sus migraciones. Así llegó a América Latina, donde se ha incorporado a su cocina, sobre todo en países como Venezuela y Uruguay. También contribuyeron a expandirlo por Brasil los marineros portugueses, que se avituallaban en Canarias para sus travesías oceánicas. Del mismo modo, lo introdujeron en Cabo Verde o en Senegal, e integra hoy la dieta del pueblo saharaui, que lo conoció durante su etapa de colonia.

El Consejo Regulador de la Denominación de Origen del Gofio canario -denominación concedida en 1994- se encarga de velar por la pureza y calidad del alimento, en cuyo carácter natural reside su futuro.